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CONVOCATORIAS

CONVOCATORIAS

Martes 5 de noviembre
19,00 h.
Ateneo de Jerez
Encuentro literario hispano-marroquí. Lectura poética.
Poetas marroquíes:
Hassan Najmi, Mourad El Kadiri, Boudouik Benamar, Azrahai Aziz, Khalid Raissouni, Ahmed Lemsyeh, Jamal Ammache y Mohamed Arch.
Poetas gaditanos:
Josefa Parra, Dolors Alberola, Domingo F. Faílde, Mercedes Escolano, Blanca Flores y Yolanda Aldón.
* * * * * * * * * *

18 de junio de 2006

Dolors Alberola presenta "Arte de perros" en Jerez


El pasado 15 de junio, se celebró en el salón de actos de la Escuela Profesional de Hostelería de Jerez de la Frontera la presentación del libro “Arte de perros”, de Dolors Alberola.
La prensa, que ya se había hecho eco del evento en los días precedentes, destacó con posterioridad el éxito alcanzado por la autora y la brillantez de un acto que contó con el apoyo de las imágenes servidas por Fram Ramírez, cuyo montaje audiovisual X-Love fue muy aplaudido y comentado.
En el acto, introducido por Francisco Carrasco, intervino en primer lugar el poeta Mauricio Gil Cano, director de la colección, quien destacó las líneas maestras de la poesía de Dolors Alberola y analizó detalladamente la estructura interna del libro.
Tras la proyección del ya mencionado audiovisual, Alberola leyó una cuidada selección de poemas del libro, que convenció a los numerosos asistentes.
Finalizado el acto, la fiesta poética continuó con el catering servido por la Escuela, que se ha revelado ante la opinión pública como una perfecta anfitriona de este tipo de acontecimientos.

DFF

13 de junio de 2006

"DECLARACIÓN DE UN VENCIDO". Mauricio Gil Cano presentó su libro


Cuando da la impresión de que la poesía –falta a veces de ingenio, ayuna en ocasiones de interés para un público totalmente alienado- carece de lugar y, como dijo Bécquer, falta de asuntos, está a punto de enmudecer, sorprende que en Jerez de la Frontera quinientas, cien, ochenta personas, pues la cifra varía según la ocasión, se reúnan en torno a un poeta, un libro, un puñado de ensueños, y sigan la lectura del autor en un silencio casi religioso, que sólo se interrumpe para abrir la compuerta del aplauso y dar rienda suelta a la general emoción.
Esto no constituye novedad, desde luego, pues hubo, hay y habrá en aquella urbe poetas emblemáticos, de esos que estremecen al mundo con su palabra, poetas de verdad, de los buenos –para aclararnos y aclarar las ideas a muchos estreñidos- , que han movido montañas, multitudes, pasiones, y que, como pregona el refrán, “quien tuvo, retuvo”, gracias a ese milagro de la poesía, capaz de sacar agua de las piedras y hacer amigos hasta en el infierno.
Uno de esos poetas, y en un lugar señero, es Mauricio Gil Cano, que ha sabido granjearse el interés de la gente y abrir nuevos espacios, formas y usos para saborear la poesía. Así que hemos seguido de cerca su andadura y saludado con merecido alborozo –patente en esta página- su “Declaración de un vencido”.
El pasado día 8, a las 20, 30 de la tarde, en el salón de actos de la Escuela Profesional de Hostelería, lleno hasta rebosar, ofreció una lectura de este libro, que convenció y emocionó. Así de sencillo. Así de claro.
El acto comenzó con las palabras de Francisco Carrasco, responsable de las actividades culturales de EH, que dio paso al conocido presentador de TV Juan Diego Fernández, amigo personal del poeta, que, con amor y humor fraternales, expuso a los presentes los rasgos más notables de la personalidad de Gil Cano y sus impresiones sobre el libro.
Llegó, por fin, el turno del autor, y fueron desgranándose los versos, los poemas, los comentarios, breves e inteligentes, a todo lo cual el violín de Sophía Cuarenghi sirvió adecuado fondo musical.
Lo dijimos en su momento: poemas excelentes, algunos de los cuales son dignos del antólogo más exigente y están llamados a perdurar, testigos de cuanto, noble y perfecto, ha de alzarse por encima de la mediocridad de estas últimas décadas, para dar fe de vida de la palabra escrita.
Cuando todo acabó, cesando la voz del poeta, corrió el vino a raudales y la velada concluyó en fiesta.


© Domingo F. Faílde
Jerez Fra., 12.06.06.-

Presentación de "LA MÚSICA DE LA LIBERTAD", de Maribel Tejero


“Primero tomaremos Manhattan, después tomaremos Berlín”: una lluvia de octavillas con la célebre frase de Leonard Cohen fue la apoteosis final del acto literario celebrado ayer, lunes, en la sala Compañía, de Jerez de la Frontera.
Maribel Tejero (Madrid, 1946) emocionó con sus poemas al numeroso público que acudió a la presentación de su libro, “La música de la libertad”. Tras las palabras preliminares de Dolors Alberola, que glosó los valores de esta ópera prima, la autora puso en escena los textos más significativos, que hizo acompañar con la música de dos jóvenes instrumentistas, muy celebrados por los asistentes.
La de Maribel Tejero es, sin lugar a dudas, una poesía comprometida –en lo político, por supuesto, como en lo humano-, tributaria del realismo dialéctico, que tuvo su culminación a finales de la década de los 60. Y a ella, desde luego, nos transportó la autora, que deshoja en sus versos memorias, experiencias y nostalgias de su generación, en un emotivo ‘revival’, conducido hábilmente a través de un lenguaje sencillo y directo, casi confidencial, con gran economía de recursos.
Amor, desamor, desencanto, esperanza, discurren de la mano, consiguiendo momentos de gran intensidad al evocar situaciones y personajes: la figura del llorado Javier Verdejo, por citar un ejemplo significativo.
Finalizado el acto, se sirvió una copa de vino de Jerez.

DFF, Jerez 12.06.06.-

Maribel Tejero: el libro y su autora


Maribel Tejero es libre, como la música. Una luchadora en un ring cualquiera, ya sea el del amor o el de la guerra, pues un tiempo ha de haber para cada cosa. Qué libertad tiene el hombre sino la de ese arma cargada de futuro, que es la poesía; y qué es la poesía sino esa palabra hecha de libertad y en libertad, emancipada para atrapar a todas libremente. Así, la música que, fuera de la mano, se hace enorme, como enorme es el todo emergiendo de sí entre el silencio. La música de la libertad, un poemario en el que todo nos grita, nos empuja desde todas sus partes, continentes, de ese soñar humano que es como una pértiga levantando la vida sin achaques, sin perversiones, pura, con una pureza totalmente del hombre, no del ángel ni del pensamiento esclavo, sino del hombre; una pureza –como dice Blas de Otero- de ángel fieramente humano, de ser que, habitante de esta historia, quiere romper murallas y paredes y reinstalar la paz, la igualdad entre varón y hembra, la fraternidad de todos, cuyas manos, argollas, se vuelquen nuevamente hacia una canción, La estaca, y derriben con fuerza todo lo que, terriblemente, nos oprima.
Desde su juventud, ya canta, ya dice Maribel Tejero, en la canción de un tiempo y un país, ese tiempo que era, según Raimon, un poco nuestro, y ese país que íbamos haciendo, en efecto, machadianamente, es decir, golpe a golpe, verso a verso, enarbolando el don de la palabra, que es la casa común de esas verdades elementales e imprescindibles; sí, verdades impregnadas de poesía, la poesía necesaria como el pan de cada día –como leímos a Gabriel Celaya-, como el aire que respiramos; palabras tan sencillas como pan, como trabajo, como libertad, que equivale a clamar por la justicia, la igualdad, la fraternidad entre todos los hombres. Una poesía desnuda, pero desnuda de verdad, en cueros, enseñando a través de la piel el color de la sangre del compromiso: al lado de los débiles, los marginados, los oprimidos: con razón, sin razón, siempre a su lado, como dijo también Celso Emilio Ferreiro.
Y es que los versos de Maribel Tejero no sólo se alimentan del pan de la palabra, sino que ahondan en la sustancia misma del hombre: el amor, el dolor, la lucha sin cuartel por sacudirse el yugo. Puedo, tal vez, soñarla, tendiéndole la mano al niño yuntero de Miguel Hernández, a los niños mineros de Perú, a los niños esclavos de la India, a los miles de niños aherrojados por la ignorancia, el hambre o un futuro tan negro y tenebroso, que el sol de los poemas se nos rompe en las manos y se nos hiela el aire de la respiración. Y ella, Maribel, paloma, al fin y al cabo, de vuelo popular, como cantara Alberti, como cantara el negro de Sóngoro cosongo, el cubano Nicolás Guillén, se nos sube a las ramas de los versos y allí, desde la copa del poema, mira el mundo y en él se reconoce, como si se mirara en un espejo, el espejo de un mundo que se rompe en pedazos, y así, en cada trocito, en cada hombre que llega cansado del trabajo, en cada mujer reventada por la desigualdad, en cada criatura desolada por el desamor, ella se ve, desnuda, carne de la carne de sus hermanos, sangre de la sangre de los suyos, porque sabe que el poeta, y eso lo dijo Neruda, no es un hombre, sino todos los hombres.
Es preciso entender estas cosas para llegar al fondo de su poesía. Los nutrientes poéticos de Maribel Tejero crecen como cardenchas en los campos que, por arte de magia, se convirtieran en pan. Su poesía se nutre del metal de las minas, los materiales de las factorías, el latido colosal de la calle. Pues la calle, y eso nos lo enseñó Vicente Aleixandre, es un enorme corazón que late, y con él alza el vuelo la voz del poeta para cantar la historia de la vida, la historia del corazón, la historia de los seres que no tienen historia, que no tendrían historia si no alzara la voz el poeta para cantarla.
Y también, cómo no, de lo íntimo, pues, por plural o por social que sea, no existe la poesía sin singularidad. El yo de Maribel es más que ese yo-lírico que habita los poemas y que, a modo de títere manejado por el autor, lo suplanta ante los lectores. El yo de Maribel no es un doble ni, muchísimo menos, un alter ego convencional con quien cubrirse para evitar los riesgos. Su yo es un yo de veras: ella misma, sin maquillajes, sin vestiduras, sin piel incluso; y su poesía, poesía en carne viva, donde adquiere sentido la experiencia y atiza la memoria todas las brasas del ser.
Y es que en los versos de Maribel Tejero, el binomio dialéctico vida-literatura se resuelve a favor de la primera, quedando la segunda como el cauce de un río, como el sendero que conduce a un pueblo, como el camino de la mirada que busca en cada cosa un más allá. Lo encuentra en las palabras más hermosas, en la ternura de sus sentimientos, en la emoción que embarga sus recuerdos, en la música que se enrosca, como una serpiente, en el árbol de sus poemas, invitándonos a morderlos.
Yo les invito a hacerlo. Les incito a caer en la tentación y comer de esa fruta, quizá la más prohibida, quizá la más bendita, la poesía, a través de los versos que, por su prisma mágico, nos muestran la vida, el mundo, cantados y contados con la palabra de una mujer.
Me refiero, naturalmente, a La música de la libertad. No he dejado de hacerlo ni un momento. Se suele comparar el primer libro con la tarjeta de presentación de su autor. En el caso de Maribel Tejero debiera compararse con un currículum vitae, escrito, por supuesto, en clave lírica y destinado a hacernos una revelación. En sus páginas, una mujer; como decir el mundo, como decir la vida, como decir la historia.
Aquí están los anhelos compartidos, el coraje de un pueblo que lucha por ser él mismo, la esperanza frustrada e incluso traicionada, y el recuerdo de cuantos, abrazados a la utopía, perecieron en el camino: este es el caso de Javier Verdejo, a quien la autora evoca en uno de los poemas más intensos y conmovedores del libro.
Aquí el amor, naciente, pujante o declinante, echando al desamor un pulso inevitable, sabiendo que, después de la derrota, se encenderá la llama nuevamente, condenados como estamos a arder siempre en su fuego.
Y aquí está la mujer: no me canso de repetir la palabra, pues si es grande ser hombre, como especie, ser mujer es, sin duda, la mayor aventura, la más dura y apasionante aventura de la existencia humana.
Aquí, en suma, la libertad, que es el norte en la brújula de Maribel Tejero. Por ella, como Hernández, lucha, sangra, pervive y se convierte en música para acunar poemas.
Ya es hora de escucharlos y dejarse llevar por su cadencia hermosa. Cuando habla el poeta, todo enmudece a su alrededor.
Muchas gracias.
He dicho.


© Dolors Alberola
Jerez de la Frontera, 12 de junio de 2006

31 de mayo de 2006

Sobre "Arte de perros", de Dolors Alberola


El perro como pretexto

 
No es la primera vez que un animal se asoma a la poesía de Dolors Alberola. Quien conozca su largo itinerario, sabrá sin duda alguna de su fascinación por perros y gatos. Como aquella genial escritora que fue María Zambrano, llegó a albergar en su domicilio cincuenta gatos persas y cuatro canes de distintas razas: “mi pueblo”, dice hoy con nostalgia, recordando la vieja república de la que fue soberana, mejor que presidenta. Un viejo semental y una joven felina son, junto a un sabueso tierno y amanerado, los restos de su imperio. En el fondo, está convencida de que los animales albergan sentimientos más nobles que los humanos: ningún perro, ni siquiera el rotwailer más fiero, hubiese sido Hitler.
Y, sin embargo, se los vitupera, usando el de su especie como nombre de infamia o para designar cuanto malo y desagradable acontece en la vida. Si en el lenguaje coloquial el perro se utiliza como metáfora, el lenguaje poético de Dolors Alberola lo incluye como símbolo y aun como alegoría, ya sea devorando los pecados de Jezabel o sufriendo en sus propias carnes las lacras dolorosas de una civilización que, al apartarse de la naturaleza, tuerce el destino de tantos seres.
También el de la propia poesía, mostrada en este libro, ya desde el título, como “Arte de perros”, asumiendo de entrada la noción negativa que dicho complemento aporta al sustantivo. Al bajar, como Dante, a los infiernos, afronta, cara a cara, al Cancerbero y conversa con él sobre la sordidez de su reino para, al fin, espetarle la terrible pregunta: “¿vive ahí,/ irremediablemente muerta, la poesía?”
Tras esta interrogante, la condición canina esconde una respuesta positiva. El perro es el poema y éste como aquel “nuestro mejor amigo”, según puede leerse en la inteligente “Poética” de la página 48. Más adelante (pág. 51), advirtiendo al lector de los riesgos del can peligroso, le descubre los múltiples peligros de la poesía, para concluir: “Cuidado,/ ¿no leéis el letrero que grita CAVE CANEM/ al entrar en la casa de la Literatura?”
Por este mecanismo, revestida la autora con piel de can, se aproxima a la realidad desde ese rol simbólico y, como afirma Luisa Futoransky en su breve cuanto acertado prólogo, deja que el animal, trasunto de lo humano, prospere “en una urdimbre cómplice que sobre todo no desnaturaliza la esencia ni del hombre ni del animal”. Efectivamente, en la alegoría de Dolors Alberola, ni el perro deja de ser perro ni el hombre de ser tal, y sus mundos, no obstante, se cruzan en el único mundo posible, en la realidad ontológica que el poema pretende explorar.
En la primera parte, “Perra vida” –lejana y acerada reminiscencia de aquella vieja película que vimos en España como “Este perro mundo”, a principios de los setenta-, el animal, abandonado a su suerte en la gran ciudad, nos acerca el desvalimiento de la palabra poética, tan frágil e impotente ante el dolor, la ignorancia y la muerte, pero a su vez cargada de consuelo y luz, lo que la torna poderosa, fuerte e indispensable, hasta el punto, ya lo hemos dicho, de enfrentarse con Cancerbero, intentando atisbar en las tinieblas una escotilla para la esperanza: “Nosotros, los más fieros, la especie más soberbia,/ los hijos de la fe, tenemos miedo/ y llegamos a ti precipitados,/ temblando entre ese frío o la inconsciencia,/ deshecha nuestra carne, roto el gesto,/ buscando, por doquier, tener un amo/ y que nos palpe y diga que entremos en la casa/ donde tú guardas dócil la puerta invertebrada” (págs. 36 y 37).
Otras veces, el perro personifica –digo bien- el colmillo de la catástrofe y lo hallamos, enloquecido y desencadenado, mordiendo a los viajeros de esos trenes que el odio redujera a chatarra “frente al Pozo del Tío Raimundo” (pág. 28) y matando también a otros canes incluso en los mil cataclismos que acontecen, día tras día: el “dolor/ hermanando los seres a pedazos/ la terca anulación de su espacio y el tiempo” (vs. “Crónica”, págs. 49 y 50).
Comparece de nuevo esa kantiana obsesión de la autora que la induce a anular en su obra el espacio y el tiempo, convencida de que todo es presente y aquí. Por eso, como en todos sus libros, se mezclan personajes anacrónicos que habitan, sin embargo, la misma realidad y conviven bajo la eternidad del poema: Homero, Kavafis, Szimborska, Cernuda, Safo, Virgilio, Edith Piaf, Goya, Bernini, Platón, Plotino, Bolívar, Picasso, la inevitable Jezabel, Van-der-Weiden, etc., pasean por lugares tan diversos como Manhattan, Madrid, Roma, Mileto, Bosnia, la Galia, Austwich, Dachau, California o, más modestamente, los juzgados donde dirime sus litigios el desamor, para al cabo acabar en el infierno mítico, donde la vida sigue de otro modo.
Dieciséis poemas en prosa componen “Caninas”, la segunda parte del libro. La poeta, como ya precoconizara Machado, decide liberarse del verso para ilustrar su expresión con historias, reflexiones o referencias cultas, que robustecen el edificio de su experiencia, en un tramo brillante del discurso, lleno de guiños cómplices al lector avisado, en donde la ironía es el rasgo sobresaliente: “Salí a por café, volveré en la otra vida, si es que existo” (pág. 66).
En una y otra parte, la sorpresa. Aquí están, desde luego, los temas que preocupan a Dolors Alberola y han inquietado siempre a la humanidad, vistos desde una óptica distinta, susceptible de nuevos encuadres que determinan una mirada nueva, tributaria de la época que nos toca vivir; así, por ejemplo, el influjo de las nuevas tecnologías origina la imagen de un perro virtual que, al igual que el poema, “existe y no existe”, para llegar, entre profunda y lúdica, a esta conclusión: “La realidad es hueca y no existe, como tampoco el perro tiene piel, ni sabe a dónde mira. Yo tampoco comprendo qué compongo, qué extraña lasitud me convierte en poema” (pág. 76). En el sustrato del texto, Quevedo, Calderón, los clásicos en suma; en la zona emergente, una muy avanzada metapoesía se abre a la informática y anticipa caminos a la expresión poética.
Con estos y otros mimbres, “Arte de perros” –tercera entrega de la recién inaugurada colección “Hojas de bohemia”- es un libro de aliento poderoso, en el que la emoción y el pensamiento se ciñen a la imaginación de ese pambiologismo característico de Alberola, para quien la naturaleza es un todo homogéneo que la historia ha diversificado, en trance permanente de tornar al origen, y el hombre la conciencia, el testigo de un cosmos que guarda la memoria de su génesis.
Una vez más, la autora ha roto la barrera de lo fácil, buscando el más allá de las palabras, con la suya, directa en ocasiones, pero mágica y sugerente en todas. Ello le ha valido el aval de muchísimos premios, el reconocimiento de la crítica y un lugar importante en la poesía actual.


© Domingo F. Faílde
31.05.06.-

30 de mayo de 2006

Recordando a Fernando Quiñones



A Fernando Quiñones, lo conocí hace años. Fue en Córdoba, recuerdo, en el transcurso de uno de aquellos saraos que, con más ruido que nueces, una mano de nieve becqueriana organizaba de vez en cuando, y allí estábamos todos los que éramos, aunque muchos, bastantes de los que eran, se quedaban en casa, ninguneados, haciéndose bruces y preguntándose, no ayunos de razón, por qué el dinero público se invertía en eventos discriminatorios.
Por supuesto, a Fernando nadie lo discutía. Poetas y escritores andaluces los ha habido y habrá, pero Quiñones, ese Fernando Quiñones, que era el habla de Cádiz, revestida con el pontifical de la mejor sintaxis de nuestro idioma, tenía bien sudada la camiseta y, lo llamaran donde lo llamaran, ahí se encontraba él, con todo el desparpajo que confiere la dignidad y ese gracejo suyo que era guinda en la tarta de la razón.
Sí, hace años. Unos veinte o así, aunque el dato no importa. Antes, naturalmente, nos habíamos cruzado algunas cartas, y yo, joven aún, que equivale a decir entusiasta, sincero o, emulando a Rubén, “sentimental, sensible y sensitivo”, le hablaba de Legionaria, que era un pozo sin fondo de saber, y del “Muro de las hetairas”, compartiendo su confesada afición a las cosas excelsas de la vida; si hace falta nombrarlas, el vino, las mujeres y los versos bien hechos.
Hace unos veinte años, y cómo pasa el tiempo, que parece ayer mismo, cuando por esas bromas que apareja el azar coincidimos en el retrete, afanados, cada cual a lo suyo como mandan los cánones, en aliviar la próstata, esa especie de postiguito de San Rafael, que al bueno de Fernando le largaba los primeros avisos y a mí me pasaba una especie de factura proforma, para que viera lo que me convenía. Y, sin mediar saludos ni preámbulos, “Niño –me dijo-, vaya sitio para conocernos, ¿no? A ver si hablamos luego, porque siempre nos vemos en lugares así”. Aquello, como escuchara al Bogart de Casablanca, fue el principio de una gran amistad, pues a Fernando Quiñones o se le quería a lo grande o, simplemente, no se le quería, y eso sí era difícil.
Después vino la negra. La enfermedad, más penosa si cabe que la muerte, a cuenta de la cual perdió el bigote, dejándonos la imagen, tierna por desvalida, de sus últimos días. Pero él no se arredraba y, para darse ánimos, relataba sus correrías, reputándose afortunado por haberlas vivido, con tan grande sentido del humor que uno se iba riendo, como si nada malo estuviera, ya, a punto de suceder.
Recuerdo estas anécdotas y otras muchas que se atropellan en mi memoria, cuando tengo noticia de una gozosa recuperación. El pasado miércoles, día 24 de mayo, se presentaron en la Biblioteca Municipal de Chiclana de la Frontera, su pueblo, dos novelas inéditas: “Los ojos del tiempo” y “Culpable o El ala de la Sombra”. La Fundación que lleva su nombre y que, con titánico esfuerzo, dirige su hijo Mauro, lucha continuamente por mantener con vida la voz del escritor. Los escritores de raza, y Fernando lo era, nunca mueren.
Como el ave fénix, elevándose sobre las envidias, tarascadas y demás aspavientos de la mediocridad, surgen continuamente la palabra y el genio para dar testimonio de la luz.

© Domingo F. Faílde
© Diario Europa Sur, 29.05.06

29 de mayo de 2006

Miguel Florián: "Gilgamesh"

Quienes se han acercado a la obra de Miguel Florián (Ocaña, Toledo, 1953) suelen coincidir en la identificación de los elementos que dan vigor, textura y sustancia a una poesía “que trasmina auténtico sabor, tacto, color, belleza”, en palabras de Julio Asencio, prologuista de “Gilgamesh”.
En nota introductoria, el propio autor advierte a los lectores que su “encuentro con la leyenda del héroe sumerio (...) se remonta a los años juveniles”, y es cierto. Algunos de estos textos fueron anticipados por el poeta en entregas ocasionales, a bordo de revistas o publicación similar. No importa. Sí, al contrario, el hecho de insistir sobre ellos, revisándolos en sucesivas lecturas hasta, al fin, alumbrarlos en este libro, cuyo título, escueto pero significativo, nos conduce al meollo de la cuestión.
¿Cuál es ésta?, se estarán preguntando. Pues muy sencillo y claro: Florián, profesor de Filosofía y estudioso de la materia, no suele dar rodeos a las cosas y va directo al grano de su esencia u origen. “El poema de Gilgamesh”, considerado, “la más arcaica epopeya de la humanidad de que tenemos noticia”, nos remite a la ensoñación de un espacio y un tiempo fundacionales: la palabra, en efecto, inicia su andadura para nombrar el mundo y expandirlo, pues en esto último consiste el lenguaje poético. Y si el ‘logos’ explica la realidad, el mito abre las puertas del misterio. A este milagro llamamos poesía.
Por tanto, si “El poema de Gilgamesh” inaugura el lenguaje creador, el “Gilgamesh” de Miguel Florián tiende un puente al origen y enlaza, justamente, con lo que la apopeya de la palabra tiene, ayer como hoy, de validez: su carácter inicial –ya se ha dicho- y, a la vez, iniciático, al expresar con hechos la continua aventura del ser humano en busca de la inmortalidad.
Los fragmentos del texto original (irrelevante, en este caso, el mayor o menor acierto del traductor, aunque hayamos de agradecer al poeta su esmerada elección al respecto) se convierten en ese primer verso que, tal suele decirse, siempre dictan los dioses al autor, aunque pueda el lector, por su parte, leerlos como citas. Sea como sea y a pesar de que, como es lógico, los poemas adquieren vida propia, la voz lírica encuentra en Gilgamesh una especie de guía o gurú que le invita a explorar las claves esenciales del texto primigenio.
El sexo, por ejemplo. La constante batalla entre el amor y la muerte. El regreso final a las fuentes de la existencia y, en palabras del prologuista, “a las raíces del conocimiento”.
Texto y pretexto configuran aquí un discurso homogéneo, que ensalza lo sencillo y natural, lo telúrico, en suma, en sintonía con los valores y aspiraciones del espíritu humano.
Todo ello, trasplantado al plano formal, obtiene un resultado matemático, en términos de claridad, expresado en poemas cuya característica más notable sea, sin lugar a dudas, el equilibrio: la música trascurre cadenciosa y serena como un blues, sin que nada perturbe la calma del discurso ni el gozo o el dolor se encaramen en sus contrarios, transmitiendo la sensación de que todas las cosas, a despecho de la dialéctica, lejos de contradecirse –ya lo escribió Machado-, se complementan.
De ahí que se destaque la armonía, enunciando, sin más, la cualidad del ser: la luz, el color, el olor, el tacto; todas las sensaciones que, procesadas por la experiencia, recomponen el mundo y dan paso al concepto. Florián, en este libro, diseña en cierto modo lo que ha sido, hasta ahora, su poética, anticipando o, por razones cronológicas, pasando oportuna revista a las claves de su escritura.
Cabe felicitarnos, en cualquier caso, por la publicación de un libro* rotundamente hermoso, que llena de sentido el gozo de leer.


* Miguel Florián: "Gilgamesh"
EH Editores, Jerez Fra., 2006
Colección "Hojas de bohemia", núm. 1
© Domingo F. Faílde
30.05.06.-

25 de mayo de 2006

"DECLARACIÓN DE UN VENCIDO", de Mauricio Gil Cano



Con el número 2, la colección de poesía “Hojas de bohemia”, que dirige Mauricio Gil Cano, acerca a los lectores un hermoso volumen de su autoría. Para los mal pensados, que no faltan, y conjurando el chistecillo fácil que relacione la publicación con los quehaceres editoriales del publicado, diré –y ésa es mi apuesta, por ser mi convicción- que estamos ante un libro necesario, y ello por dos razones. En primer lugar, por su calidad, un argumento definitivo, si no fuera porque el segundo también posee la enjundia suficiente para apoyar lo expuesto. Y es que Mauricio Gil Cano, cuya frescura juvenil se une a la experiencia de un poeta cuajado, cuenta tras sí con una larga trayectoria, de la que, sin embargo, sólo una breve muestra ha salido a la luz: sus “19 sonetos y un canto a Venecia”, incluidos en el cuaderno “Del soneto al cómic”, que compartió con Dolors Alberola, y “A dos poetas suicidas”. En su faceta de narrador, la Diputación gaditana recogió sus espléndidos “Cuentos con alcohol”. Por lo demás, el lector o estudioso interesado, hallará sus artículos de crítica en los suplementos especializados de la prensa diaria: “Azul”, sobre todo, uno de los puntales del que luego sería movimiento de la Diferencia, que él coordinó.
La decadencia, en sus vertientes histórica, cultural y estética, ha ejercido en el arte, y especialmente en la literatura, una enorme fascinación, pero es a finales del siglo XIX y comienzos del XX cuando los modernistas la convierten en una especie de culto religioso, cuya máxima manifestación fuera esa vida bohemia que llenó tantas páginas, libros enteros, cuadros, fotografías, hasta algún vals de Strauss, y saltó a la pantalla del recién estrenado cinematógrafo, universalizando así el mito del artista botarate, vagabundo y borracho, aplastado por el pujante capitalismo que, consecuencia de la revolución industrial, desprecia la belleza o la ignora, sin más, atento únicamente al beneficio.
Este decadentismo, impostado por muchos poetas posteriores, ha encontrado en Mauricio Gil Cano un médium natural para expresarse, sin necesidad del recurso a la ensoñación de lugares más o menos exóticos o reinventar sucesos y personajes que, probablemente, no existieron jamás. Bizancio, Venecia, Estambul, etc., etc., decorados de cartón piedra en la obra de grandes autores, ceden su sitio a una ciudad del presente, en el supuesto, claro, de que Jerez lo sea. Y es que el Jerez de Mauricio Gil Cano se configura literariamente como una mezcla de ciudad moderna, memorias o añoranzas del pasado y aromas de leyenda; un cóctel excelente para servir el mito en cualquier copa, oxigenado, eso sí, por el ventalle de la actualidad, que maneja el poeta con la destreza de un venenciador.
Como Alejandro Sawa –referente obligado en la primera cita- o el Max Estrella de Valle-Inclán, el autor de “Declaración de un vencido” suscribe el testamento que es, en cierto modo, el poema, para dejar constancia de una derrota en la que, por paradójico que parezca, se asienta la victoria del hombre libre, ciudadano de un mundo del que, no obstante, es náufrago, a quien todo sobrara salvo la libertad, la belleza, el amor, la gloria de un poema y la excelsa locura del vino.
Dividido en cuatro partes, que más obedecen a motivos temáticos y cronológicos que a una mera exigencia del discurso, el libro se articula alrededor de aquellas ideas, abordadas con hondura y rigor estético en un tono de cruda sinceridad, que logra, en cualquier caso, atemperarse, produciendo un registro formal cuya dicción, poderosa siempre, se desliza fluida por el texto, consiguiendo momentos de enorme brillantez. Es el caso de “Los raros” , uno de esos poemas emblemáticos, que para sí, sanamente, envidiara cualquier poeta. O el titulado “Cuarenta años” y su continuación, “Divino tesoro”, en los que, como Midas, convierte en oro un tema recurrente de la denominada “poesía de la experiencia”, que vuela sobre el libro casi continuamente, sin llegar a posarse en el papel.
Nunca pierde Gil Cano su singularidad, que ha ido depurando y afianzando durante mucho tiempo, consiguiendo la voz personal que sabe, sin embargo, reconocer el humus donde crece. Hablo del Modernismo, faltara más, de la lectura atenta de los clásicos (los sonetos de la última parte son perfectas arquitecturas), de Cernuda, naturalmente –bien entendido y mejor todavía asimilado-, a los que añadiremos el trallazo emocional, no exento de riesgo- de los grandes nadaístas colombianos y del genial poeta que fue Raúl Gómez Jattin –cuya obra acercó a los lectores de España-, con todo el aporte de malditismo que, en oportuna dosis, contribuye a mantener la emoción; y, en fin, el leve toque de la mística, en su versión cristiana o sufí, cuya textura envuelve los poemas de amor, sobre todo el bellísimo “Canto a la noche”, que bien merecería un comentario aparte.
Por ello, “Declaración de un vencido” es un libro importante y hermosísimo, que compendia la trayectoria vital de un poeta y retrata, a su vez, un tiempo, el nuestro, iconoclasta, descreído y demoledor en su pragmatismo, en busca del misterio de la poesía. Un libro que, sin duda, no pasará desapercibido por la agria palestra literaria andaluza, levantando pasiones. Seguro que bien vale, como dijo Berceo, que sabía bastante de estas cosas, “un vaso de bon vino”. De Jerez y oloroso, por supuesto.
© Domingo F. Faílde
Algeciras, mayo, 2006

El retorno de Fernando Quiñones


Ayer, miércoles, 24 de mayo, se presentaron en la Biblioteca de Chiclana dos novelas inéditas del gran narrador Fernando Quiñones. Alianza Editorial, en un apetecible volumen, deja a nuestro alcance “Los ojos del tiempo” y “Culpable o El ala de la Sombra”. En la presentación, a la que acudió numeroso e interesado público, Mauro Quiñones se manifestó orgullosísimo de que estuviera ya en la calle este volumen y gratísimamente sorprendido al ver las preciosas reediciones de otras obras de su padre que lo acompañaban. La profesora y escritora Nieves Vázquez, fue la que, a petición de Mariela Quiñones, recorrió concienzudamente los laberínticos borradores de Fernando, devolviendo a nuestras manos un Quiñones plenamente vivo y regresado frente a su Caleta eterna. Mariela comentó que la magia había hecho posible este nuevo nacimiento, ya que, debajo del ficus gordo de la Alameda, no se sabe si como un acto totalmente libre o con la intervención de alguien más, solicitó a Nieves tan laborioso trabajo, empresa que la profesora asumió casi sin pensárselo. Más tarde, ella misma temblaría ante el final de una de las obras.
No quiero comentarles más. Un libro que no puede dejarse de leer. Tal vez, el mejor Quiñones que nos lanza este guiño. Una señal de que todo perdura y la palabra es el lugar de encuentro para todos los hombres que soñamos.
Dolors Alberola

21 de mayo de 2006

DOLORS ALBEROLA PRESENTA "EL LIBRO NEGRO" EN SAN ROQUE



El pasado jueves, día 18 de mayo, se celebró en el salón de actos de la Fundación Municipal de Cultura "José Ortega Brú" la presentación de "El libro negro". El acto se enmarca dentro de una serie de presentaciones que la autora tiene previsto efectuar en otras ciudades de la provincia, desde que el pasado 27 de febrero se efectuase la primera en San Fernando, con motivo de la entrega a Dolors Alberola del premio de poesía que lleva el nombre de aquella localidad, correspondiente a la convocatoria de 2005.
El acto, seguido con intensa emoción por parte del público, dio comienzo con las palabras de Juan Gómez Macías, pintor y poeta, director del Aula de Literatura "José Cadalso", que hizo un repaso de la trayectoria de la poeta, siguiéndole en el turno de palabra Domingo F. Faílde, que analizó las claves poéticas de este libro, relacionándolo con las que él considera preocupaciones fundamentales de la poeta: la muerte, el sentido de la vida, y el tiempo, que ella intenta anular en todas sus obras.
Dolors Alberola cerró el acto con la lectura de una selección de poemas, tras lo cual firmó ejemplares a sus lectores.

12 de mayo de 2006

Clausura del Taller de Poesía, en San Roque


Una conferencia sobre "Góngora y la Cábala", a cargo de Domingo F. Faílde, y una lectura de poemas de Juan Gómez Macías cerraron las sesiones del Taller de Poesía que, desde el pasado noviembre, impartió en la ciudad de San Roque la poeta Dolors Alberola, bajo los auspicios de la Fundación Municipal de Cultura "Luis Ortega Brú".
A lo largo de veinticuatro sesiones (el Taller estaba programado en doce, pero fue prolongado a petición de los aisstentes), Dolors Alberola pasó revista a las diversas técnicas y misterios de la escritura poética, comunicando su propia y dilatada experiencia como autora.
Una semana más tarde, ayer, jueves, día 11, el Taller se reunió en casa de la escritora Isabel Bermejo, para ofrecer a Dolors un entrañable y emotivo homenaje de despedida, entregándosele varios regalos, llenos de sentido y belleza: poemas, cuadros... y la amistad de un grupo literariamente maduro del que cabe esperar los más óptimos resultados.

"HOJAS DE BOHEMIA" EN LA FERIA DEL LIBRO DE CÁDIZ


El pasado domingo, día 7 de mayo, tuvo lugar en las instalaciones del Baluarte de la Candelaria, sede de la Feria del Libro gaditana, la presentación de "Hojas de Bohemia", que dio paso a la de los tres primeros títulos de dicha colección, a cargo de Ana Sofía Pérez-Bustamante Mourier y Mauricio Gil Cano, director de la misma y autor de "Declaración de un vencido". Intervinieron seguidamente los poetas Miguel Florián, que dio a conocer su libro "Gilgamesh", y Dolors Alberola, autora de "Arte de perros".
Finalizado el acto con la protocolaria firma de ejemplares, se sirvió a los asistentes una copa de vino.
Mauricio Gil Cano y Francisco Carrasco, responsable de actividades culturales de EH Editores, anunciaron su propósito de realizar una presentación semejante en Sevilla, antes de que finalice la primavera.

La picota


En los siglos llamados de Oro, que fueron, paradójicamente, los más depauperados de la historia de España, había en las ciudades y villorrios un lugar destinado al escarmiento de cuanto perdulario y descarriada –pues en materia de marginación eran escasos los miramientos- tenían la desgracia de caer presos y servir de cabezas de turco. La picota, situada en lugar concurrido, ya a extramuros, junto a una puerta, ya en pleno centro urbano, solía consistir en un poste de piedra o madera, guarnecido por cepos o anillas donde amarrar a los desventurados.
Quienes allí paraban eran por lo común gente de poca monta: rateros, prostitutas, alcahuetas, truhanes y demás morralla, a los cuales se castigaba en su dignidad, exponiéndolos a vergüenza pública, de modo que quedaban deshonrados para siempre jamás. Atados al pilote, recogían la reprobación de los ciudadanos de pro, que no dudaban en insultarlos, escupirles, arrojarles boñigas, vejarlos de mil formas e incluso golpearlos, con esa saña y fuerza que confiere de suyo la virtud. Todo vale, pudiera ser el lema, con tal de corregir a los que yerran y prevenir futuros errores. Se trataba, por tanto, de una forma primitiva de linchamiento, sin más limitación que la caridad.
El tiempo, sin embargo, no ha arrumbado esas prácticas, ni el progreso ha podido sino sofisticarlas, sustituyendo el mástil del suplicio por la fría y aséptica virtualidad de Internet.
Entrar en cualquier foro –sobre todo, cuando se hace a pecho descubierto- es un acto de inmolación. Basta una frase culta, un concepto por encima de la media aritmética o el inocente aviso de un éxito personal para que una jauría de energúmenos se avalance sobre el ingenuo y lo haga blanco de su estupidez, cargando de razón a Luis Cernuda: “Triste sino nacer/ con algún don ilustre/ aquí, donde los hombres/ en su miseria sólo saben/ el insulto, la mofa, el recelo profundo/ ante aquel que ilumina las palabras opacas...” Y es que la red, por donde se circula con medroso antifaz, se ha ganado la misma consideración que la pistola: “arma ruin y cobarde con la que cualquier villano puede dar muerte al mejor de los caballeros”, dijo al respecto alguien, ante aquellos primeros prototipos, que hoy adornan panoplias y anticuarios.
Injuria, difamación, atropello en definitiva. He aquí la munición de los émulos electrónicos de Billy el Niño, que, escondidos en sus nicks, atacan una vez, cambian de identidad y vuelven a la carga, crecen, se multiplican, disparan sin cesar e izan, victoriosos, la bandera de los mediocres, convirtiendo en basura cuanto tocan.
Alarmados por esta plaga, muchos sitios estudian la manera de terminar con el anonimato. La libertad de expresión consiste justamente en la posibilidad de decir lo que se desea, sin necesidad de esconderse. Ocultarse, por tanto, vulnera la libertad. Sobre todo, la ajena. Hay que decir las cosas cara a cara, con nombre y apellidos, con razones y datos. La verdad, simplemente. O callar.


© Domingo F. Faílde
© Europa Sur, 08.05.06.-

1 de mayo de 2006

Presentación de HOJAS DE BOHEMIA



















PRESENTADOS POR EH EDITORES LOS CUATRO PRIMEROS LIBROS DE LA COLECCIÓN DE POESÍA “HOJAS DE BOHEMIA”

El pasado 28 de abril tuvo lugar en el auditorio de El Misterio de Jerez la presentación del proyecto de publicaciones de EH Editores y de los cuatro primeros libros de su colección de poesía Hojas de Bohemia. Al acto asistieron más de quinientas personas, así como una numerosa representación del empresariado de la zona, autoridades y medios de comunicación.

El poeta Mauricio Gil Cano, director de la colección, defendió el título de la misma, arguyendo se trata de definir un espacio de libertad en un marco estético y, en definitiva, una forma de entender y vivir la literatura. Tras las palabras de Ana Sofía Pérez-Bustamante Mourier, profesora de literatura de la universidad gaditana, Mauricio Gil Cano leyó algunos poemas de su libro “Declaración de un vencido”.

Antes, sin embargo, Miguel Florián dio lectura a varios textos de “Gilgamesh”, libro con el que abría la colección.

Por su parte, Dolors Alberola, que también fue presentada por la profesora Pérez-Bustamante, leyó poemas de su libro “Arte de perros”

Finalmente, Julio Rivera presentó “Habitación en la tierra”, número cuatro de la colección, con lo cual el acto se dio por finalizado, pasando los autores y público asistente a tomar una copa de vino jerezano.

20 de abril de 2006

Presentación de libros


EH EDITORES
PRESENTA SU COLECCIÓN
DE LIBROS DE POESÍA

Entrevista con Mauricio Gil Cano, director literario de Hojas de bohemia
El próximo 28 de abril, a las 20,30, en el denominado Misterio de Jerez, tendrá lugar la presentación de EH Editores, que irrumpe en el mercado literario con un proyecto arriesgado y apasionante. La colección de libros de poesía Hojas de bohemia es, con todo merecimiento, el buque insignia de la nueva editorial, que sacará a la luz importantes iniciativas, un ambicioso catálogo y los cuatro primeros títulos: Gilgamesh, de Miguel Florián; Declaración de un vencido, de Mauricio Gil Cano; Arte de perros, de Dolors Alberola; y Habitación en la tierra, de Julio Rivera. Ana Sofía Pérez-Bustamante, profesora de Literatura Española de la Universidad de Cádiz, reseñará los libros publicados.
Al frente de la colección, un hombre de capacidad y experiencia acreditadas, no menos que su entusiasmo: Mauricio Gil Cano, escritor y poeta.

- ¿Podría describir de la forma más clara y concisa el proyecto de EH Editores?

- EH Editores es una editorial creada por la Escuela Profesional de Hostelería de Jerez, que se implica de este modo aún más en el desarrollo cultural y en el mundo del libro, en particular. En principio, nos planteamos dos líneas esenciales: una gastronómica o de hostelería y otra poética. La primera reunirá recetarios, manuales, ensayos, libros técnicos, pero también literarios en torno a la buena mesa. La línea poética comienza con esta colección, Hojas de Bohemia, pero estamos estudiando completar la oferta con otras series que incluyan, por ejemplo, grabaciones de las voces de los autores.

- ¿Por qué Hojas de bohemia, cuyas resonancias valleinclanianas nos remiten a un modo de ser poeta y a una forma de estar en la literatura?

- Porque entendemos que la poesía es un territorio irreductible de libertad interior y en ese sentido vindicamos la bohemia, como un valor literario de los hombres libres. Esto no quiere decir que los autores de nuestro catálogo sean necesariamente bohemios, sino más bien que la poesía es la bohemia de la literatura. Las resonancias valleinclanianas siempre son deseables.

- En ese pandemonium que es, en la actualidad, la oferta de libros de poesía en nuestro país, ¿qué aportará la nueva colección?

- Aportará una serie de títulos de calidad, un espacio para los poetas de hoy. Queremos acercar a los lectores las voces poéticas actuales, sin sectarismos, tanto de autores con una trayectoria consolidada como de jóvenes que despuntan en el panorama literario. Vamos a tener presencia en todo el territorio nacional. Hemos querido también que cada libro vaya precedido de un prólogo. Cada volumen lleva una ilustración en cuatricomía de nuestra directora de Arte, Pilar González García-Mier.

- Durante muchas décadas, cuando se hablaba de una colección de libros, se aludía tácitamente a una línea determinada, fuera la que fuese, ¿cuál es la línea de Hojas de bohemia?
- Nuestra línea se fundamenta en criterios de calidad y pluralidad. Pretendemos ofrecer obras de autores que resulten representativas de las tendencias actuales, donde tenga cabida, sin reticencias, la heterodoxia, pues al cabo todo poeta es un disidente.
- La elección de los autores que romperán el fuego ¿obedece a algún criterio determinado?
- Comenzamos con Gilgamesh, de Miguel Florián. No hay mejor arranque que esta referencia a la más antigua epopeya de la humanidad. Florián es uno de los poetas españoles más solventes, respetado por tirios y troyanos, de una sensualidad exquisita y una profundidad impresionante. En conjunto, creo que los cuatro primeros libros no van a pasar desapercibidos. Hemos comenzado con éstos por la originalidad de sus planteamientos y la madurez en la ejecución de los mismos.
- ¿Cómo cree que la crítica acogerá a estos libros y a la propia colección que usted dirige?
- Espero que la acogida esté a la altura de los textos que vamos a publicar y que los críticos no escatimen su entusiasmo. Presiento que nuestro esfuerzo va a ser reconocido.

- Si algo caracteriza a la poesía que hoy se escribe y publica en España es la mediocridad y el aburrimiento, ¿está convencido de que los libros de su colección conseguirán romper esta tónica y ganarse un espacio entre los lectores?

- Es cierto que no es oro todo lo que reluce y que hay autores que deben más al márketing que a sus méritos literarios, pero eso no quiere decir que en España no existan poetas de una calidad extraordinaria. Por supuesto, la mediocridad y el aburrimiento no tienen cabida en Hojas de Bohemia.

- La oferta de EH Editores supone, en cierto modo, un maridaje entre lo literario y la gastronomía. ¿Qué tienen en común un poema y una buena comida?

- Deben propiciar una buena digestión.

- Usted sabe, sin duda, que proyectos como el suyo no suelen disfrutar de una opinión unánime, ¿a qué teme más, a la crítica o a la envidia?

- Ni a una ni a otra. Si temiera a la crítica no me embarcaría en proyectos de edición. En cuanto a la envidia, es un pecado nacional al que hay que estar acostumbrado.

- ¿Hay vida más allá del 28 de abril?

- Ese mismo día vamos presentar un catálogo con nueve títulos de la colección Hojas de Bohemia. Además de los cuatro primeros, otros cinco irán apareciendo durante el año en curso. Esbozaremos nuestra línea gastronómica, que ya tiene libros a punto de salir y que ocupará un lugar fundamental en nuestra andadura. El día 28 presentamos al público un proyecto editorial avalado y promovido por una empresa modelo y de referencia, como es la Escuela Profesional de Hostelería de Jerez.
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A través de esta página, invitamos a todos los interesados al acto de presentación del proyecto editorial de EH Editores y a la presentación de los cuatro primeros libros de la colección de poesía Hojas de bohemia: Gilgamesh, de Miguel Florián; Declaración de un vencido, de Mauricio Gil Cano; Arte de perros, de Dolors Alberola; y Habitación en la tierra, de Julio Rivera. Además de los autores, intervendrá Ana Sofía Pérez-Bustamante Mourier, profesora de Literatura Española de la Universidad de Cádiz.
Al finalizar, se servirá un jerez de honor y un aperitivo, por gentileza de la firma González Byass y de la Escuela Profesional de Hostelería de Jerez.
El acto tendrá lugar el viernes 28 de abril, a las ocho y media de la tarde, en El Misterio de Jerez (Museos de la Atalaya), sito en calle Cervantes, número 3, de Jerez de la Frontera.

8 de abril de 2006

El vals de las olas



Las cosas que nos hieren, las que nos hacen daño o las que, simplemente, nos infunden temor, suelen venir en olas: la ola de frío, la ola de calor; la ola de erotismo que nos invade, la ola de puritanismo made in USA, la ola de crímenes, la ola de robos, la ola de atentados. Y es que, a veces, el río de la vida se pone cuesta arriba y, por la propia ley de la gravedad, sucede lo que todo el mundo sabe, que a quien escupe al cielo le cae encima su audacia, la corriente se empoza, crece el nivel de agua y el pequeño torrente se nos convierte en mar, el mar de Jorge Manrique, suma y resta de todos los ríos, suma y resta de todas las vidas; el mar, que es el morir.
Nadie debe alarmarse, más allá de alarma necesaria de sabernos inmersos en un imprevisible artefacto que, fruto él mismo de una explosión, acabará explotando con nosotros dentro. Es el riesgo de la existencia, asumida como aventura cósmica. La propia eternidad se adivina inestable, pues la quietud implica perfección y lo perfecto, acabado o definitivo otra cosa no puede generar sino un éxtasis infinito del que nadie pudiera ser consciente.
O dicho de otro modo: desde que el mundo es mundo, todas las cosas cambian y allí donde, en el tiempo que corresponda, escribo el verbo cambiar, se podría escribir cataclismo. Eso es: el mundo se ha formado a fuerza de cataclismos, y a fuerza de otros tantos, más los que han de venir sin duda alguna, continuará formándose. Y así sucesivamente, aunque el hombre no exista para verlo.
Ocurre, sin embargo, que, habituados a mirarnos el ombligo, tanto como individuos que como especie, concebimos el tiempo y el espacio a medida de nuestra pobre experiencia, de manera que, cuando vemos con telescopio la muerte de una galaxia, el nacimiento de una estrella o la voracidad de un agujero negro, pensamos que estos hechos ni nos atañen ni nos afectan, creyéndonos a salvo en el jardín del edén.
Craso error. La distancia astronómica, medida en años-luz, puede ser impensable para el hombre, pero menos para la humanidad y nada, prácticamente, para un Universo que nos excede y en el que cada pieza, incluso aquellas que nos parecen desacopladas, encajan en el todo, arrastrándose unas a otras en ese gran marasmo del Ser. Lo que hoy se nos muestra como espectáculo y genera magníficos fotogramas en los documentales de la televisión, pueden ser un mal día esa ola de frío o de calor, esa ola de terremotos, esa ola gigante que le lama las tripas a un planeta en el que el hombre actúa.
Porque, no nos llamemos a engaño, el hombre no es un mero espectador, por más que a este papel nos vayan reduciendo los poderes terrestres. Acaso nos creemos que, en el concierto cósmico, nos tocó la función de mirar. Y es mentira. Relegados a un mísero suburbio, en el extrarradio de una triste y pequeña galaxia, tenemos voz y voto o, al menos, arte y parte en todo lo que ocurra por esos mundos.
De momento, nuestra historia –minúscula- narra la lucha de una criatura hermosa contra una naturaleza siempre hostil. A veces, gana el hombre la partida. Pero el hombre es también naturaleza. Y ésta, bien lo hemos visto y sufrido, suele incluir el IVA en su factura. Como los bancos, dicho sea de paso. Como una ola.
La literatura de nuestros días suele volver la espalda a estos sucesos. Ha alcanzado tal grado de onanismo que ni siquiera se mira el ombligo, limitándose a empollar el huevo podrido de su vanidosa insignificancia. Es lo normal en tiempos de decadencia. En estos, sin embargo, el culto a la belleza de otras épocas ha sido reemplazado por un atroz feísmo que nos impulsa a la ordinariez, en nombre de una falsa, imposible igualdad, que siempre chocará con la ferocidad del mercado y el cinismo de sus patrones. Ésa es otra ola. Pero, al lado del Tsunami devastador, queda apenas en vaso de agua, que arrojara de grado a la cara de algunos.


© Domingo F. Faílde
La Cueva del Lobo, 2005

2 de abril de 2006

Miedo a opinar


En España, la libertad de expresión va camino de convertirse en pura virtualidad. Con el agravante, eso sí, de que ni tan siquiera en los vastos dominios de Internet se inviste su ejercicio de cuantos requisitos y cualidades le confieren tal nombre, a imagen y semejanza de una idea platónica, demasiado platónica para ser real.
En los años difíciles, era precisamente esto: palabra subrepticia, clandestina; un grito que brotaba del silencio, de las negras entrañas del espanto, de la entretela de la negación. Alguien clamaba “¡Libertad!”, esa palabra impura –que así la adjetivaba el poeta fascista José María Pemán en el impresentable “Poema de la bestia y el ángel”- y salía corriendo calle arriba, llevándose el semblante de la voz, la progenie de aquel clamor secreto que se resuelve en queja. “¡Libertad!”, dice otro. Y otro, en un rincón, temblándole el aliento, repite “¡Libertad!”, mientras una maraña de uniformes asfixiaba con su ceniza el eco reprimido de la imposible consigna: Libertad, libertad; una sábana blanca con el vocablo en rojo, sangrando bajo los cascos de los caballos.
No podía nombrarse. Ninguna boca la invocaba acaso y circulaba muda por las callejas del extrarradio, temerosa de ser descubierta, detenida, procesada, bajo cargo de subversión. Por su causa, afrontaba la gente persecuciones, cárcel, la muerte misma, que no es muy diferente a una vida penada, irrespirable.
Entonces, la censura tenía rostro. Era un hombre enfundado en su guerrera, un funcionario oscuro con mirada de cuervo, un alcázar marmóreo, una selva de bayonetas, un nublado que escupe pavor. Ahora no. Los censores son un virus que infunde recelo: ¿qué pensarán de mí si digo esto?, ¿qué consecuencias pueden traerme mis palabras?, ¿qué será de mi empleo si afirmo lo contrario?, ¿qué ocurrirá si éste o aquel se entera? Y uno empieza a borrar los vocablos malditos, suaviza la expresión por no ofender a nadie y termina omitiendo, callando, sepultando en silencio la ignominia, no sea que le nieguen el saludo, lo despidan de su trabajo, le den la espalda en club, yo qué sé, miedo al miedo, temor a que las cámaras te delaten, a que un troyano te despatarre el ordenador y un vampiro succione tu intimidad, diseccione tus pensamientos y te encierre con nombres y apellidos en alguna lista siniestra, carne de seguimiento, materia de sospecha, ciudadano indeseable.
Por eso nadie opina en foros ni mentideros. Ni siquiera cubriéndose el pelaje con el antifaz de un seudónimo. “Silencio, a callar he dicho”, como Bernarda Alba. Aquí nadie replica. Uno deja el mensaje en la pantalla, y al cabo de los meses sigue allí, solitario, oculto por una maraña de moscas que defecaron alrededor sus sandeces en triste idioma. Nadie dice ni mu, no vaya el replicado a ser un mandamás. “Silencio, a callar he dicho”. Veinte años, poniéndole punto a la i, tocándole las narices a tantísimo reaccionario, y nada. Silencio. Nadie se atreve a rebatir, refutar, impugnar, desmentir, oponerse.
Sueño con que, algún día, al abrir algún web u ojear un periódico, alguien me haga encontrar la horma de mi zapato y me vista de limpio con razones contrarias. Si ocurriese el portento, buscaría al firmante por todo el planeta y, en lugar de batirme con él a bastonazos, le invitaría a unas copas de Ribera del Duero, celebrando, como el protagonista de “Casablanca”, el principio de una gran amistad.
Vivimos en la sociedad del “buen rollo”, pero no es verdad. El respeto no implica, necesariamente, temor. Tampoco enemistad la discrepancia. Ni hay por qué resignarse cuando se empeñan en endosarnos gato por liebre. El servilismo y la democracia son antagónicos. También la dignidad, por descontado. Y el origen de sus raíces: pese a quien pese, la libertad.
© Domingo F. Faílde
La Cueva del Lobo, 2005

28 de marzo de 2006

LA TERCERA PATA DEL GATO

PONENCIA PRESENTADA POR DOLORS ALBEROLA EN LA MESA REDONDA QUE TUVO LUGAR EN JEREZ DE LA FRONTERA EL PASADO 15 DE MARZO, DESNTRO DE LOS ACTOS CONMEMORATIVOS DEL DÍA DE LA MUJER.


La discriminación de la mujer en la literatura es un hecho histórico, consecuencia directa de su discriminación en todos los órdenes, una situación que dimana, en nuestra sociedad, del papel que se le asigna en el judeo-cristianismo.
En el Génesis, tras el famoso episodio de la manzana, Yaveh condena a Eva a parir -con dolor, faltara más- y a vivir sujeta al varón, que te dominará –se dice textualmente-. Pues bien, eso es lo que viene ocurriendo en la historia:
- Recordemos el caso de Juana Inés de la Cruz, una enorme poeta que se resigna al silencio, cumpliendo las órdenes de un obispo grasiento y mediocre.
- O el de aquellas que, como Cecilia Bhol von Faber, han de ocultar su sexo en nombres de varón –Fernán Caballero- en este caso.
- A doña Emilia Pardo Bazán, su origen noble le permitió desafiar el machismo pero no evitar las críticas, calumnias y el menosprecio de la profesión.
- Pensemos en Ernestina de Champourcín, que no pertenece a ninguna generación, aun cuando por edad y estética le corresponda la del 27.
- La genial María Zambrano estuvo ignorada en España durante el franquismo o mencionada tímidamente como discípula de Ortega y Gasset.
- De María Lejárraga, negra de su propio esposo, es indignante hablar, pero podría definirla como la esclava intelectual de un intelectual mediocre.
- Hasta las excepciones son significativas. Recordemos el caso de Wallada, poeta y princesa omeya, famosa por sus escándalos, mientras los poetas, varones, de su época, haciendo lo mismo –sólo hay que leer algunos versos de la propia escritora para ver qué vivo estaba Ibn Zaydun en cuestiones hormonales- eran célebres por sus versos.
- Safo, en Grecia, pasó a la historia como presunta iniciadora de una determinada manera de entender la sexualidad. De sus colegas masculinos, apenas sabemos de qué pie cojeaban.
En fin, si nos remitimos a la Edad Media, las juglaresas eran, sencillamente, putas.
Señalo que he mezclado los nombres y las épocas porque, en lo referente a la mujer y su situación, da igual que hablemos del paleolítico que de ayer por la tarde. El hombre, rebelde por vivir en el seno de un matriarcado, más o menos encubierto, más o menos dirigido por él mismo, asumido y precisado por él, se levanta y construye los hilos que manejarán el mundo de las manifestaciones artísticas –evidentemente los otros también, pero no es hoy el tema-. Irá cambiando los cabos y ora serán de seda, ora serán del más grueso cáñamo, pero teje como una sutil araña escapada de El Dorado original, incluso, me atrevería a decir, ese lenguaje que se nos impone, a mi modo de ver, corto de luces y más sexista que nunca. Claro que esto sólo es la opinión de una triste mujer a la que será fácil tildar incluso por las propias compañeras de ilógica, por no entrar en apelativos más drásticos. Hasta que la mujer no despierte de su ya eterno letargo, no podrá remontar, pese a las mejores filosofías. El modo de hablar o de escribir, el sexualizar oficios, no la liberará, si ella misma no dispone su vida y su nombre como sencillamente eso, vida y nombre, y trabaja en los dos sin sexo ni frontera idiomática.

Al llegar a este punto, convendría lanzar algunas preguntas –no es bueno descubrirlo todo, el enigma también es un fusil cargado de futuro- y aportar algunos datos, no vayan a creer que en nuestra flamante democracia o en sus sagradas vísperas, han mejorado mucho las cosas:
- ¿Cuántas mujeres ha habido en la Real Academia Española en los últimos cincuenta años? ¿Cuántas hay ahora mismo?
- ¿Cuántas mujeres han obtenido el Premio Nacional de Literatura?
- ¿Cuántas mujeres forman parte de los jurados que conceden ese y otros premio de renombre?
En las antologías, que en este país, son como vademecums subnormales, que establecen el censo, más o menos oficial, de poetas: ¿Cuántas mujeres aparecen? Voy a hacerles mostrarles un pequeño estudio de situación:


Primeras promociones de la Posguerra; edición de Francisco Ruiz Soriano. Clásicos Castalia.

4 mujeres frente a 31 hombres

Ángela Figuera, Carmen Conde, Concha Zardoya y María Beneyto.


1939-1975: Antología de la Poesía Española; Ángel L. Prieto de Paula. Editorial Aguaclara.

María Victoria Atencia y 48 hombres.


La poesía española de 1935 a 1975. Tomo I (1935-1944); Victor García de la Concha. Cátedra.

Mirando el índice, no habla de ninguna mujer.


La generación de 1936. Antología Poética. Taurus. Temas de España.

Ninguna mujer


Poetas españoles de posguerra. Manuel Mantero. Espasa- Universidad.

No hay mujeres.


Un cuarto de siglo de poesía española. José María Castellet. Biblioteca Breve.

tres mujeres y 39 hombres.

María Beneyto, Ángela Figuera y Gloria Fuertes.


Poesía andaluza de hoy. Elena Barroso. Biblioteca de la cultura andaluza.

Tres mujeres, 27 hombres.

Julia Uceda, María Victoria Atencia y Rosa Romojaro.


La poesía más joven. Una antología de la nueva poesía andaluza. Paco Bejarano. Junta de Andalucía.

Una mujer y 14 hombres.

Esther Morillas.


Florilegium. Poesía última española. Elena de Jongh Rossel

Una mujer y 14 hombres.

Julia Castillo


Poesía española contemporánea (1939-1980). Fanny Rubio y José Luis Falcó. Clásicos Alhambra.

4 mujeres y 90 hombres

Francisca Aguirre, Carmen Conde, Ángela Figuera y Gloria Fuertes.


Nueva Poesía. 1: Cádiz. Introducción Carlos Edmundo de Ory

4 hombres.


La plata fundida 1970-1995 (25 años de poesía gaditana). Quorum.

3 mujeres y 12 hombres

Ana Rossetti, Mercedes Escolano y Josefa Parra.


Poesía Sevillana 1950-1990. Pedro Rodríguez Pacheco y Javier Sánchez Menéndez. Muñoz Moya y Montraveta editores. Brenes

3 mujeres y 12 hombres

María de los Reyes Fuentes, Rosa Díaz y María Sanz.


Antología de la Nueva Poesía Española. José Batlló. Lumen, Ediciones de Bolsillo.
16 hombres y Gloria Fuertes.


Antología de la joven poesía Española. E. Martín Pardo. Pájaro Cascabel.

35 hombres y Josefa Contijoch.


Nueva poesía española (1970) y Antología consolidada (1990). Enrique Martín Pardo. Hiperión.

Cinco hombres en la primera. Seis en la segunda.


Poetas de los 70. Antología de poesía española contemporánea. Mari Pepa Palomero. Hiperión.

25 hombres y tres mujeres. Clara Janés. Cristina Peri Rossi y Ana Rossetti.


En la misma ciudad, en el mismo río... Poetas Granadinos de los 70. Fernando de Villena. Port Royal.

Siete hombres.


Antología de la joven poesía granadina. Miguel Gallego Roca. La general.

Trece hombres y Ángeles Mora


Poetas españoles poscontemporáneos. El Bardo.

Diecinueve hombres.



Postnovísimos. Luis Antonio de Villena. Visor

diez hombres, Julia Castillo y Blanca Andreu.


Poesía española hoy G.L. Solner. Visor

28 hombres.


La generación de los ochenta. José Luis García Martín. Mestral

Catorce hombres y Amalia Iglesias Serna.


La poesía que llega. Jóvenes poetas españoles. Fernando de Villena. Huerga y Fierro.

Ocho hombres y dos mujeres: Rosario de Gorostegui y Josefa Carmen Fernández Garzón.


El hilo de la fábula. Una antología de poesía española actual. Antonio Garrido Moraga. Campo de plata.

Doce y Aurora Luque


Milenio. Ultimísima poesía española. (Antología). Basilio Rodríguez Cañadas.Celeste

53 hombres y quince mujeres.

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Ante balance tan desolador, es preciso preguntarnos qué pasa.
La igualdad no se pide, ni se gana con concesiones ni privilegios, se conquista luchando, criticando, imponiendo la fuerza de la razón.
Una razón que, al menos en la literatura, debe ser la de la calidad, ya que no existe diferencia generalizada en el modo de hacer. No debo hoy extenderme más, pero sería un buen tema de estudio que dejo en el aire, observar curiosidades como la no diferencia absoluta, dentro de la corriente del silencio, que habría entre una escritora y un escritor –eso por ejemplo-.

Y, una vez puestas, al estudio, contemplen la tiendecita de compraventa que se impone a la hora de hacer nombre. Vean, ya sin metáfora, la colección de patanes escribidores masculinos que bien podría haber cedido su plaza a mujeres potentísimas, tanto en antologías como en secretariados y demás puestos de actividad cultural y así, de igual a igual, todos los que realmente elevan la literatura no tendrían que verse mermados con el ninguneo ni ningún país extranjero recibiría en sus faldas lo que no es muestra significativa de la factura actual en esta tierra de María Santísima. Evidentemente, esto no ocurriría si dentro de nuestra propia cocina de palabras, las escritoras, no sirviéramos, a cambio de un diminuto plato de higos, a alguno de estos prescindibles terratenientes.

© Dolors Alberola
Jerez de la Frontera, a 15 de marzo de 2006.-

25 de marzo de 2006


Carta enviada por Domingo F. Faílde al Presidente de la Asociación Andaluza de Críticos Literarios, en la que manifiesta su decisión de abandonarla y relata los hechos que la motivan

21 de marzo de 2006


Mi querido amigo:

Pertenezco a la Asociación Andaluza de Críticos Literarios desde 1994. Mi carné, con el número 16, expedido el 18 de noviembre del mismo año, me acredita explícitamente como socio fundador. En aquellos momentos, ejercía la crítica en “Cuadernos del Sur” y “Papel Literario”, actividad que simultaneaba con la dirección de “La Isla”, el suplemento de “Europa Sur” que, sin lugar a dudas, contribuyó a difundir la obra de tantos poetas y narradores andaluces, en especial la de aquellos cuyo quehacer se hallaba silenciado por la oficialidad. Desde entonces, he formado parte del jurado que concede los premios de la crítica en la modalidad de poesía, he intervenido en algunas jornadas y he defendido en los medios el buen nombre de nuestra asociación y el recto proceder de sus responsables, aun a costa del vituperio de determinados sectores y otros inconvenientes que he afrontado con convicción y firmeza.
Procedo, pues, del núcleo de idealistas que, sin recursos económicos de ninguna índole y con todos los vientos en contra, nos lanzamos a aquella aventura de deshacer entuertos y enderezar la república literaria por las sendas, nada fáciles, del pluralismo y la honestidad.
Pero, como dijo nuestra Celestina, “no hay lugar tan alto que un asno cargado de oro no lo suba”, de manera que, con el paso del tiempo, no faltó quien buscara su conveniencia y, ayuno de otros créditos, escarbó en el poder lo que las letras no le proveyeran.
En efecto, nunca tan poco mérito obtuvo galardón más elevado que el conseguido por don José Ruiz Mata, al acceder a la Secretaría General de la Asociación. A cambio de sus dotes de chalán y una muy discutible eficacia como gestor, la mala educación, la ausencia de modales, la ignorancia del protocolo y, en fin, la inelegancia han teñido sus actuaciones y dejado su impronta en nuestra imagen pública.
Galardonado con el premio “Filoxera”, a causa de la misoginia derramada a raudales en un pregón, el sentido de la diplomacia no parece que sea, desde luego, la mayor cualidad del Sr. Secretario, que tampoco destaca por su dominio de la gramática castellana. Confundir “doceava” con duodécima –ante las cámaras de TV- o ponerle una hache al verbo echar no parece, desde luego, la mejor tarjeta de presentación para el alto ejecutivo de una sociedad de escritores.
Al hilo de sus dotes diplomáticas, el Sr. Secretario General de una asociación cuyos miembros somos, mayoritariamente, poetas, nos obsequió con un hermoso texto, difundido por Internet, declarando la consideración que le merecemos: “soy narrador, no poeta, por lo cual me la trae al pairo vuestros problemas de bandas rivales de las que además ni entiendo, ni quiero entender". Y con éste, tan delicado: “Como me gusta ser positivo te voy a indicar una solución mejor: que nos acostumbremos a colaborar y que llegado el fin de año contestéis a mi carta con las obras, sobre todo las propias, que conozcáis. De esa forma todos estaremos mejor informados y se funcionará mejor. ¡Ah!, al que se le olvide o no quiera mandar la información, si no aparece en el listado, que se joda y se calle".
No nos debe extrañar. Acostumbrados a su histrionismo y a la ligereza lingüística de su puesta en escena, dislates de esta índole se nos antojan chiste y aun pudieran pasarnos por ingenuos –que no es el caso- si no alentara tras ellos la prepotencia de una persona ambiciosa, incapaz de aceptar una crítica o rebatirla con argumentos, en vez de acometer con la calumnia, la descalificación y la zancadilla, como tiene por norma.
Estas son las razones por las que decliné tu ofrecimiento de integrarme en la candidatura que encabezabas, hoy electa, si don José Ruiz Mata seguía en su poltrona. O él o yo; y, legítimamente, elegiste, y aun estoy por asegurar no tardaste un minuto en contárselo, pues, ayuno de toda prudencia, tardó menos, si cabe, en espetármelo.
Iba bien preparado el Sr. Secretario a la asamblea. Durante el desayuno, se dirigió a mi pareja, la Sra. Alberola –poeta, como sabes, y miembro de la Asociación- y a mí, preguntándonos a voces si habíamos venido “con ganas de armar lío”, a lo que, temerosos del escándalo que podría haberse derivado de tan rufianesca provocación, no respondimos nada y él se quedó frustrado, mascullando sin duda el desquite y la manera de acallar nuestros comentarios a las peores jornadas sobre el escritor y la crítica que han tenido lugar hasta hoy.
Así, ni a la Sra. Alberola ni a mí nos cogió por sorpresa lo que vino a continuación, después de haber tenido que soportar con asco los cortes de manga del Sr. Ruiz Mata –dirigidos, supongo, a toda la concurrencia-, el grosero ademán de palparse las partes pudendas –pasándose por ellas a todos los presentes- y, en fin, su repertorio de palabras y gestos descorteses que culminaron cuando, al iniciar la sesión, nos llamó cabrones y, para que quedase bien claro quiénes éramos los destinatarios del insulto, nos señaló abiertamente, amparado en el burdo recurso del tópico: “y no señalo a nadie”.
Pero sí señaló (la mala educación tiene el índice largo). Y como el Presidente en funciones no se hallaba en la sala y el candidato a la presidencia permaneció impasible, optamos por abandonar la asamblea, advirtiendo con estupor que nadie se sumaba a nuestra protesta, apoyando por pasiva el atropello que se nos hacía. A partir de ese instante, consideré carente de sentido mi permanencia en la Asociación.
Las interpretaciones de los hechos y otras explicaciones que después se nos dieron, lejos de quitar hierro a lo sucedido, abrieron más la llaga, y ello por las razones que, una vez más, someto a tu consideración:
1.- Alegar, en descargo del ofensor y como justificación de la incuria de los presentes, que la sesión aún no se había abierto, me parece una burla, sobre todo cuando la ausencia absoluta de protocolo obvia toda formalidad, entre otras la clásica fórmula “¡Se abre la sesión!” que, en cualquier caso, ni es un conjuro mágico ni concede licencia de hacer antes lo que no se permite hacer después.
2.- Justificar los insultos del Sr. Ruiz Mata, amparándose en la respuesta de quien esto suscribe, correcta en todo momento, por el hecho de haberla rubricado con un leve golpe en la mesa, que muy pocos oyeron –dicho sea de paso-, se me antoja tan cínico como culpar a la mujer violada del acto del violador.
3.- Reprocharme la negativa a asistir, por la tarde, a la reunión, denota una gran falta de sensibilidad hacia quien, afectado por el suceso, no pudo ni siquiera ir a comer con sus amigos y compañeros ni se encontraba emocionalmente apto para dar su versión -innecesaria por lo demás, pues todos habían sido testigos- e incluirla en el acta. Es decir: lavar los trapos sucios en familia y, parafraseando a Cicerón, “encerrarlos en las tablillas, como una espada en la vaina”, para que no se enteren los de afuera.
4.- Incidiendo en lo expuesto, deseo recordarte no he estampado mi firma en el acta del fallo del jurado correspondiente, requisito cuya omisión constituye un defecto de forma, en virtud del cual dicho fallo podría impugnarse. El Sr. Secretario, o ignoraba este aspecto de la legalidad o pasaba, sin más, por encima del mismo, cuando leyó el citado documento en el acto de clausura. Pero queda tranquilo: no lo voy a impugnar; con mi firma o sin ella, respeto una decisión democráticamente adoptada, y, en otro orden de cosas, no me parece lógico implicar a mis compañeros en la negligencia de un secretario. Por cierto: no es el acta el único documento que no se me ha presentado a la firma.
En fin, podría añadir otros muchos detalles, que omito para no cansarte ni abrumar a los asociados, a quienes envío copia de este escrito. Sí te diré, no obstante, abundando en mis motivaciones, que, ignorado, silenciado e incluso ninguneado por algunos de ellos –tienen, naturalmente, derecho a hacerlo-, percibo no me quedan argumentos para continuar en la Asociación. Te ruego, en consecuencia, impartas a quien proceda las instrucciones pertinentes para darme de baja.
Con esta decisión, naufragan doce años de vida literaria. Se salvan, desde luego, mi obra y mi honestidad. Ojalá todos puedan decir lo mismo.
Recibe un fuerte abrazo de tu amigo,

Esta especie de sainete ocurrió en Arcos...

Esta especie de sainete, ocurrió en Arcos, durante los Premios de la Crítica Andaluza:


Pepe Mata, secretario general de la Asociación Andaluza de Críticos Literarios, nos provocó en el desayuno y más tarde, antes de comenzar la asamblea para la elección de nuevos cargos -acaso para que no tuviéramos opción a participar-, nos ofendió gravemente a mi compañero Domingo F. Faílde y a mí misma.
El propio secretario, aparte de dirigirnos las palabras ya referidas en este foro y gesticular groseramente ante los asistentes a la asamblea, había remitido a distintos compañeros escritores un correo, con su estilo personalísimo e irreversible, en la que expresaba la malísima opinión que tiene de los poetas -a pesar de que su empeño en representarlos-.
Domingo ya ha dado su respuesta por medio de una carta, dirigida a todos los escritores, miembros de la entidad, dándose de baja de la misma y denunciando los hechos.
Yo, menos importante para sus personales protocolos y bastantes veces ninguneada, no estando de acuerdo con que la grosería, en ningún momento, reine en la literatura, ni nadie tenga voto en aquello que no entiende en absoluto, le dejo esta nota:

Muy Sr. de quien lo sea:

Me dirijo abiertamente a usted con el fin de desearle que el Ayuntamiento de su pueblo, Guadalcacín, sea altamente benéfico con su persona y le conceda un terrenito, cercano al que ya tiene, una buena piara de cerdos, tres o cuatro corderos y una vaca lechera, amén de las semillas de nabos, berzas o lo que usted desee levantar en sus dominios. Todo esto, en virtud de su talento y talante agropecuario. Y, al tiempo, por ver si, con estas mercedes, deja usted de arengarnos y quedamos todos en paz; nosotros, en nuestra consabida elegancia de escritores y usted en su tómbola de embutidos particular.

Atentamente,

Dolors Alberola.-